sábado, 23 de mayo de 2015

Corbain y los signos imaginarios



Corbain miraba aquellas nubes
que parecían la pintura para algún monumento,
tan bruñidas, tan negras,
desplomándose como cachalotes en los abismos celestes.

Río abajo, la montaña desierta, la tierra consagrada a sus huéspedes,
a los fuegos de sus bolsas de sol, de su oro y de sus corolas amarillas.

Corbain sentía la magnitud del azul
bajo el resuello del claror evanescente.
Era el tiempo de las promesas, de la esperanza como una hierba limpia
perpetuamente silenciosa,
Era el tiempo de las cruces inmaculadas levantando sus brazos cristalinos.

Como respuesta a la sucesión de la conquista solar
Corbain abrió la mente, las entrañas
donde crecían las imaginarios signos de un poema críptico y cerrado.
Allí iba soñando los ríos calientes, los fuegos secos, las espumas antiguas,
soñaba el tiempo agonizando su ira desinflada,
más cruel aun que la enérgica sangre de los gritos.