jueves, 28 de enero de 2016

El duelo de Corbain

Arena. Lola Maria Alfaro


Corbain miraba el vestido de Claire
que el oleaje había devuelto a la ribera,
pero el cuerpo no estaba;
disuelto rápidamente se perdió entre piedras y lodo;
se reintegró a su estrato correspondiente
como un detrito más del sueño geológico del planeta.

Ahora,
mucho tiempo después,
cuando el agua se evaporaba,
le parecía verla de nuevo
en esas formas caprichosas que las nubes moldean.
Sí, todo en ella fue apariencia,
siempre mostraba un cuerpo que al moverse
simulaba otros cuerpos y terrores imaginarios.

Revivía frecuentemente aquella escena imborrable
que idearon escudriñando en la perversidad:
Era en Sierra de Lobos.
Muy adentro del bosque,
la noche parecía enferma
y las parejas del amor yacían
pudriéndose en los cois y en las hamacas,
sus vientres sanguinolentos
destrozados por las alimañas nocturnas.

Durante aquella época Corbain fue muy dichoso;
recordaba que siempre que se besaban
ponían alfileres en los labios.
Ahora, sus lágrimas caían con un ruido ensordecedor
y sus manos parecían dos ataúdes de silencio.

Desde su desaparición,
fabricaba sus propios días o vivía en los ya idos,
que eran los más inesperados.

Y siempre solo, nunca se encontraba.
Tampoco lograba saldar
haber soñado la proporción más dulce de lo suyo,

eso que le pedía ser como la ofrenda de la lluvia,
por su invasión, la humedad acariciadora,
por su llama de vida, el inmanente trazo,
por el alimento de tierra interminable
con el que ella le entregaba el amor…
y sentía muy íntimamente la nieve de recuerdos
que los días escombraban en sus sienes,
ese halo de belleza que fulgura
cuando hasta las palabras sienten.

Aquella tarde, Corbain
recorría la orilla de la playa pensando en ella,
y veía como la traza de sus caderas,
siempre ciegas y balbucientes,
todavía quedaba esbozada en la arena.
La imagen de sus chanclas y sus gafas de sol tiradas en el suelo,
abría en él una sensación de abandono, quieto e irrecuperable.
Eran objetos vívidos
con un alma extraplana indiferente a la salvación eterna.
Entonces Corbain,
mirando al mar interminable, murmuraba despacio:

“Vengas con las raíces de la sed
o vengas con la tormenta mar adentro,
con la hierba del frío, o en las orillas de la sombra,
jamás la seda parda de la tierra
aliviará la herida de tu tiempo”.