lunes, 2 de mayo de 2016

The Lawrence Tree. Georgia O'Keeffe.


Descendí a un recóndito lago.
Eran robustas
las extremidades del agua;
sus cartílagos se hundían en mi vientre.

Lamido por el humo sólido de las profundidades,
hallé toda una estirpe de cuerpos ahogados;
la anemia de sus llagas palidecía
como la luz hinchada que atraviesa
los ojos de los perros viejos.
Sentía mucha angustia, como la que sienten las balas
antes de llegar a la carne,
y oriné largo
en la penumbra de la distorsión,
enjuagando la frialdad de aquellos muertos.
Es ávido el dolor que llora dulcemente.

Tuve que coronar la superficie
porque ya me enviciaba el moho amarronado
que me crecía
en el costado izquierdo del corazón,
donde los ruidos son insoportables.
A las afueras de los paisajes absolutos,
donde las más nubladas horas,
me detuve saboreando
sus creaciones enigmáticas,
con el temblor urgente y tartamudo
de dos pezones en las manos.
Así quería yo todos los exteriores:
Lujuriosos volúmenes
con la ilusión del viento en las velas marinas.
¿Habría de encubrir tamañas voluptuosidades?
Debería pensarlo, porque si no, tendría
a todos esos viejos cercándome
con sus ojos abiertos a la infinitud.

La carne
o más bien sus metales dulces
siempre quieren doblar la permanencia
para invertirla y celebrar la vida en la locura.

Así he crecido yo, en un revés de la razón.