
Cuando a ella arribó el peso de los días,
yo abrigaba sus párpados rendidos;
el llanto le temblaba de una manera indefinible.
Cuidadosamente suaves abrí los labios
rozando la miel de su cuerpo, vaporosa e inmortal,
mimando las más íntimas abejas.
De sus alrededores, desbocado como una exhalación
llegó el fulgor de las manzanas escanciando su oro embravecido;
en el curso fluvial de su fragancia giraba el mar,
todo el agua de mis pupilas.
Y las ballenas naufragaron varadas en su vientre,
y germinaron algas destrozadas que manoseaban mis poemas,
y a su lado Van Gogh hizo girar los astros.
Pero también crecieron
líquenes corrosivos que le hendían las manos.
A sus pestañas llenas de adverbios,
a sus sábanas de mujeres polimerizadas y ópticas,
arribó el peso de los días,
llegó ese instante obstruido
que siempre impregna el silencio urbano.
J. J. M. Ferreiro
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